La fuerza bruta by John Steinbeck

La fuerza bruta by John Steinbeck

Author:John Steinbeck
Language: es
Format: mobi
Published: 2009-10-19T23:00:00+00:00


CAPÍTULO IV

Crooks, el peón negro, tenía su camastro en el cuarto de los arneses; un pequeño cobertizo que sobresalía de la pared del granero. A un lado del cuartito había una ventana cuadrada, con cuatro vidrios, y del otro una estrecha puerta de tablas, que daba al granero. El camastro de Crooks era un largo cajón lleno de paja, sobre el cual estaban tendidas sus mantas. De unas clavijas fijadas a la pared, junto a la ventana, colgaban rotos arneses en trámite de ser arreglados y lonjas de cuero nuevo. Bajo la misma ventana, un banquillo para las herramientas de talabartería, curvos cuchillos y agujas y ovillos de hebra de hilo, y un pequeño remachador de mano. Asimismo colgaban de las clavijas, piezas de arneses, una collera rota, que mostraba el relleno de crin, una pechera partida, y una cadena de tiro con su forro de cuero también roto. Crooks tenía el cajón de manzanas que le servía de estante sobre el camastro, y en él una variedad de frascos de remedios, para él y para los caballos. Había latas de grasa para los arneses y una sucia lata de brea con su pincel asomado al borde. Y dispersos por el piso, muchos efectos personales; porque Crooks, por vivir solo, podía dejar sus cosas sin cuidado, y por ser peón del establo y lisiado, era más permanente que los demás en el rancho y había acumulado más posesiones de las que podía llevar al hombro.

Crooks era dueño de varios pares de zapatos, uno de botas de goma, un gran reloj despertador, y una escopeta de un caño. Y tenía también varios libros; un maltrecho diccionario y un rotoso ejemplar del código civil de California para 1905. Había unas revistas muy gastadas y algunos libros sucios en un estante especial sobre el camastro. De un clavo en la pared, sobre la cama, pendía un par de grandes anteojos con armazón de oro.

El cuarto estaba barrido y bastante limpio, porque Crooks era un hombre orgulloso, solitario. Guardaba su distancia, y exigía que los demás guardaran la suya. Su cuerpo estaba doblado hacia la izquierda por causa de la fractura de la columna vertebral, y sus ojos se ahondaban tanto en su cara, que por esa profundidad parecían resplandecer intensamente. Tenía el magro rostro marcado por hondas arrugas negras, y labios finos, estirados por el dolor, más pálidos que la cara.

Era sábado por la noche. A través de la puerta que daba al granero llegaba el sonido de caballos en movimiento, de patas agitadas, de dientes mordiendo el heno, de las cadenas de los ronzales. En el cuarto del peón, una lamparilla eléctrica derramaba escasa luz amarilla.

Crooks estaba sentado en su camastro. Por atrás, los faldones de la camisa le salían fuera de los pantalones. En una mano sostenía un frasco de linimento, y con la otra se frotaba la espalda. De vez en cuando vertía unas gotas de linimento en su mano de palma rosada y la metía bajo la camisa para volver a frotar.



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